Una rata tiene más vida que una tortuga.
Las tortugas son lentas, frías, mecánicas, casi un juguete, una concha con patas. Sus muertes no cuentan. Pero una rata gris es móvil y tibia en su envoltura de piel.
El tipo tenía la suya en una radio vacía…y el amigo en una lata de miel. Al irse de vacaciones le pidió que se la cuidara. No hizo más que dejarla caer junto a la suya.
Alimentar a las ratas da trabajo. Hay que bajar al sótano. Durante un tiempo se olvidó. Pronto, no quiso pensar en la lata de miel y evitó las escaleras.
Al fin bajó y había un olor espantoso que venía de la lata. Deseó que aún estuviese llena de miel. Miró dentro y una de las ratas se había comido casi todo el abdomen de la otra. No le importaba cual era suya.
Toda la lata estaba cubierta de sangre…que ya había tomado una forma espesa después de tantos días estancada…
Sosteniendo la lata muy lejos de él, por el hedor, la llenó de agua. La rata muerta flotó, mostrando el agujero entre sus costillas y sus patas traseras.
La viva arañaba las paredes de la lata.
Cuando volvió a bajar ambas flotaban. Vació la lata en la calle, vomitó y tapó todo con arena. Caminó hasta el jardín trasero y se quedó inmóvil observando los preservativos tirados sobre las flores. Para el nunca son suficientes las pastillas.
- Regresa severa…regresa para que suba al árbol de la tortura. Aléjame de los dormitorios de mujeres fáciles. Cóbrate todo lo que te toca. La muchacha que poseí anoche traiciona al hombre que la paga como alquiler.
Así invocaba el tipo al espíritu en muchas mañanas de sus veititantos años.
Entonces sus huesos vuelven a tomar el grosor de los de un pollo. Su nariz retrocede de su impresionante prominencia semítica a la oscuridad gentil de la infancia. Los años se llevan su velo corporal como lo hace el viento con un oasis infeliz. Es lo suficientemente ligero para colgarse de los peldaños improvisados y de las ramas del manzano. Los japoneses son muy malos.
La sigue hasta las partes precarias del árbol.
- ¡Más alto! – exige ella.
Hasta las manzanas tiemblan. El sol da en su flauta, durante un momento vuelve cromo la madera pulida.
- Antes tienes que decir algo sobre Dios. –
- Oh..eso no es nada. No toco a cambio de eso. –
El cielo es azul, las nubes se mueven. Unos kilómetros debajo de él, en el suelo, se pudren las frutas que quedaron del último verano.
- Algo terrible…horriblemente sucio, aterrador. La verdadera palabra. –
- ¡Maldito el día en el que nací ser humano! –
Espera a que el viento norte lo arranque de la rama y lo deje descuartizado sobre la hierba.
Está tumbado junto a una manguera enrollada, sacando de entre sus ropas una pelota de tenis. Su voz nunca pareció tan pura. El aire es un micrófono. Vuelve a golpear.